
Por Harold Antonio Díaz Muñoz
El papel del educador en los tiempos modernos se enfrenta a nuevos retos ya que el modelo consumista, la inmediatez de la vida actual, la pérdida de valores, el sistema económico imperante y el desarrollo del sistema de comunicaciones exigen elaborar estrategias humanistas donde educandos, educadores y el sistema educativo en general sean actores propositivos en la creación de un hombre nuevo.
En su omnipotencia Dios que envió a su único hijo a salvar a la humanidad, confió en Cristo el Maestro de Maestros la creación del hombre nuevo, El debe ser el inspirador de la nueva estrategia, pues su obra nos enseña que es posible educar en la humildad sin menospreciar a las personas por su condición económica o social. Pero su obra trascendió la tarea de transmitir conocimientos, su proyecto verdadero fue la transformación del interior de cada ser humano, los inspiro para ser artífices de su propio destino, aún en contra del medio socioeconómico y político hostil que imperaba entonces.
Hoy en día el entorno social y político no es muy diferente que en aquellos tiempos, aunque la ciencia y los medios de producción han evolucionado, continúa presentándose, la desigualdad, la discriminación, el abuso de poder y en definitiva la “brecha” entre ricos y pobres, se amplía cuando la concentración de la riqueza se encuentra en pocas manos.
Aunque estemos inmersos en este medio hostil, le educación no puede quedarse relegada, es más, es ella la llamada a transformar los corazones, a crear hombres nuevos, son los educadores inspirados en la labor pastoral de Cristo, que pueden contribuir en cerrar la “brecha”, por medio del trabajo conjunto de hombres y mujeres capaces de crear su propio destino.
La persona o el educador que se piense como poseedor de “todo” el conocimiento limita a si mismo su capacidad de aprendizaje y por ende obstaculiza su capacidad de enseñanza, los educandos necesitan educadores innovadores, creativos, emprendedores que respeten y tengan en cuenta el propio “ser” de los educandos, pues estos se encuentran cargados de diferentes y complejos saberes que serán replanteados, reforzados y/o alimentados con la orientación oportuna de un educador comprometido.
Es por ello que la labor del docente, debe iniciar pretendiendo incitar la inteligencia. Ya que el conocimiento es ilimitado, ilimitada debe ser la “sed” de conocimiento, por tanto el enseñar a pensar incentivar en los educandos la curiosidad y la necesidad de encontrar respuestas y al mismo tiempo de generar preguntas que aporten a la transformación del entorno.
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