10 mar 2010

LA IMPORTANCIA DE LA ESPIRITUALIDAD


Después de haber escuchado la conferencia del Dr. Manfred Max Neef y leído el texto del Padre José Antonio Merino, se puede determinar que los autores coinciden en la importancia que se debe dar a lo espiritual, tema tan olvidado en la actualidad por todos nosotros, puesto que nos dejamos envolver por otras situaciones que en realidad son poco relevantes en la vida del ser humano como lo menciona el Dr. Manfred en el desarrollo de su conferencia como lo es la política, la obsesión por el poder y la codicia conllevando a una destrucción de la naturaleza, a una decadencia de la escuela, la salud, los valores, los principios, etc.

Estas situaciones hacen que el ser humano se enceguezca y olvide su verdadera esencia, ocasionándonos daño entre nosotros mismos, ocasionándonos dolor, hambre, desesperanza, odio y hasta muerte.

Es importante mencionar el principio valorico fundamental de Neef: “ningún interés económico, bajo ninguna circunstancia puede estar por sobre la reverencia por la vida”, aunque hoy vivimos lo contrario.

En la sociedad actual se cree que el conocimiento y la razón son la prioridad en el hombre, pero el conocimiento sin la comprensión no vale nada, es por esto que los educadores tenemos la gran responsabilidad de formar estudiantes en el conocimiento pero también en lo espiritual, de lo contrario se fragmentaria el saber y no seria integral lo que dificultaría entregar a la sociedad profesionales holísticos, inclusivos, integradores, ético;, que les permita ser exitosos o mejor felices.

Como seres humanos y aún mas como educadores es necesario cultivar el amor entre hermanos y tener muy en cuenta las categoría mencionadas por el Padre Merino en Presupuestos para una cultura cordial, teniendo en cuenta lo contemplado y vivido por San Francisco de Asís, que precisamente ayudará a una mejor formación personal y profesional de toda nuestra sociedad.

A continuación se hace una breve descripción de lo contemplado en cada categoría:

1. Presencia:



En Francisco prima de modo especial la categoría presencia, porque todo en él es relación vivida: presencia frente a Dios, frente a los hermanos, frente a la iglesia, frente los hombres y mujeres, frente a los animales, cosas, circunstancias, etc. Cada persona tiene su específico rostro y su propia personalidad, cada animal su propia misión, cada cosa su propia significación.

La mirada de Francisco se dirige a alguien o algo, nunca de un modo indefinido y anónimo.

Desde la Presencia Total, que es Dios, se dirige a todas las demás presencias humanas y mundanas que las trata con infinita cortesía, amabilidad y respeto.


Relación:

Desde la experiencia de la presencia brota el ser y el estar relacionado. Francisco se sentía en permanente relación con todos los seres, no sólo con Dios, sino con todas las personas, que encontraba en su vida, y con todos los seres animados e inanimados, a los que tenía por interlocutores válidos. Era una relación sentida, vivida y compartida.

Este estar relacionados, en la sociedad y en la naturaleza, da a la persona una actitud de respeto, acogida y de escucha, pues la persona constituye comunidad activa con los otros y con los demás seres de la naturaleza.
Encuentro:

La vida humana cotidiana está jalonada de las más variadas relaciones: personales, sociales, políticas, económicas, asistenciales, lúdicas y vitales. La dimensión relacional humana se descubre y manifiesta en infinidad de encuentros. Todos los días nos topamos con personas, cosas, acontecimientos, oportunidades, amores, odios, sospechas e indiferencias.

Nos topamos frecuentemente, nos cruzamos los unos con los otros. Sin embargo, en raras ocasiones nos encontramos.

La vida es encuentro, aunque no es fácil el encuentro profundamente humano.
Francisco puede llamarse el santo del encuentro. Se encuentra con la soledad, y desde allí descubre su propia solidaridad, que le pone en camino permanente hacia la construcción de una nueva sociedad. Se encuentra con la misma muerte como encuentro supremo de la propia vida y encuentro con el gran Encuentro, que es Dios.
Francisco enseña al hombre actual que necesita despojarse de muchas máscaras y resistencias para revestirse de buen humor y sana ironía, al mismo tiempo que sea capaz de encuentros fecundos y creadores con todas las personas de su entorno y con los seres y cosas de la vida cotidiana para poder descubrir la riqueza patente y latente del mundo natural.


Acogida:

Todo encuentro sincero supone acogida. Francisco no sólo acogía al Tú infinito con increíble gozo exultante, sino que acogía a todas las personas, aun aquellos que socialmente son los más rechazados. Acoge a la creación entera no simplemente con espíritu estético sino con amistad entrañable y fraterna.
Frente a la actitud de recelo y de sospecha, hay que oponer la actitud de acogida, colaboración y participación.

Los franciscanos, a lo largo de la historia, y siguiendo el ejemplo de Francisco con los leprosos, han intensificado la acogida y la ayuda al otro, especialmente a los más marginados, a través de las más variadas formas de beneficiencia y de las obras de misericordia.

La sensibilidad y la acogida franciscanas pueden transformar el universo de recelo, sospecha e incomunicabilidad en un estilo humano de cercanía, amabilidad y camaradería gozosa.


Diálogo:

Uno de los temas más en boga es el del diálogo, como recurso necesario para entablar relaciones y alcanzar compromisos. Pero se trata de un propósito nada fácil de conseguir. Para poder crear el horizonte humano y espiritual de un diálogo dinámico y fructífero es necesario despojarse de muchos prejuicios y armarse de una idea elevada del hombre, por muy adversario o esquinado que se le considere.

¿Qué hace una nación, un grupo, un sector social, una persona sin enemigo real o imaginario? Frecuentemente el enemigo es un pretexto, una máscara, para lograr intereses muy precisos y premeditados.

La visión franciscana del hombre y de la sociedad podría crear el horizonte espiritual para alcanzar un diálogo fecundo. Respetando las legítimas diferencias e intereses, se puedan lograr las grandes finalidades del ser humano como amigo, colega, hermano o compañero de viaje.


Asumir lo negativo:

En nuestra sociedad, moderna y posmoderna, predomina y se impone poderosamente la racionalidad, que pretende explicarlo todo a la luz de la razón comprensible y de la constatación verificable del laboratorio. Todo debe ser explicado y verificado racional o científicamente. Frente al gran culto a todo lo positivo, se observa un gran silencio u olvido de lo negativo. Entendiendo por tal, todo aquello que nos desagrada y que representa la parte oscura de la vida, como son las enfermedades y las limitaciones personales y sociales.

Sin embargo, la vida cotidiana está empastada de zonas positivas y negativas, porque cada persona lleva consigo un ángel y un demonio, salud y enfermedad, aciertos y desaciertos, simpatías y antipatías, verdades y mentiras, luces y sombras. Lo negativo de la vida no puede ser aparcado ni olvidado, sino asumido y superado.

Francisco, supo descubrir, acoger y asumir lo negativo de su persona, de la fraternidad, de la sociedad y de la iglesia para poder transformarlo y redimirlo.

Pues las grandezas humanas son gracia divina y pertenecen a Dios, mientras que las calamidades, aceptadas con humildad y paciencia, son nuestras en las que verdaderamente nos podemos alegrar.


La mirada:

La mirada juega un papel especial en las relaciones humanas. Tiene un poder extraordinario de relación o de rechazo.

Toda mirada es la proyección del yo, y lo que no sea ese yo saldrá por ella. Por tanto, puede afirmarse que yo soy la mirada. Ya lo dice claramente el evangelio: <> (Mt. 6, 22). La mirada es tan importante en la vida cotidiana que constituye un vínculo especial entre la persona y la sociedad, entre el individuo y el mundo. Cuando Francisco se ha sentido mirado por Dios, todo su ser se ha iluminado, comenzando a ver toda la vida con nueva perspectiva.

Francisco fue acumulando en su interior, a lo largo de su vida, luz y transparencia, dejándonos ejemplo de cómo hay que mirar la sociedad, el mundo y la vida con ojos amorosos y transformados.


La escucha:

La escucha es sumamente importante en las relaciones personales. No es fácil escuchar porque para ello se requiere un cierto desplazamiento de las voces interiores y de los prejuicios exteriores. Escuchar supera el simple oír para poder entrar en relación con lo que se dice. Escuchar es dar crédito al otro y tomarlo en serio.

Francisco, con gran cortesía y respeto hacia el otro, sabía escuchar atentamente a todos. La visión franciscana de la vida implica un estar despierto para poder ver, escuchar y percibir ese mundo maravilloso de presencias y mensajes, que hace de quien participa de ellos una existencia llena de sentido, plenitud y celebración.

Francisco supo ver y escuchar el don de la creación y al mismo Creador porque logró renacer a una vida totalmente liberada. Así se educó para transformar lo opaco en luminosidad, lo silencioso en lenguaje sonoro.


La esperanza:

En la actualidad el ser humano se suele balancear entre el entusiasmo y el desencanto ante los acontecimientos de cada día; entre la euforia por el logro técnico y la impotencia ante la incertidumbre; entre el sentimiento de dominio de la naturaleza y el pesar por el deterioro del medio ambiente; entre el deseo de serlo todo y la experiencia amenazante de la nada; entre la esperanza de una utopía posible y el miedo a un desastre definitivo. Con frecuencia se tiene el convencimiento de que el hombre ha sido defraudado en sus esperanzas o que la esperanza no anima suficientemente al ser humano.

La esperanza no es un acto, ni siquiera la define un conjunto de actos, sino que es una actitud y un modo de ser que, en la vida franciscana, se percibe y se detecta por su optimismo frente a la vida, por su tono alegre y acogedor.

La esperanza, en clave franciscana, puede ser un buen fermento en la construcción de una nueva cultura que supere el pesimismo reinante, la desconfianza y la sospecha entre los ciudadanos.

La esperanza para Francisco se presenta en constante relación con la fe y la caridad. Porque creía y amaba tuvo ilimitada confianza en Dios, en su acción, en sus dones y en sus promesas.

A una persona se la conoce por lo que dice y también por lo que hace. Y la acción de Francisco estuvo animada por la esperanza.

Esperanza que se traducía en alegría, en canto y en un impulso inacabado de ir siempre hacia delante y hacia arriba, hacia Dios y hacia los hombres. La esperanza vivida era su estado espiritual y su dinamismo vital. La esperanza no sólo es una actitud frente a Dios, sino también frente a los otros y frente al mundo natural. Lo mismo que la fe y la caridad, también la esperanza tiene dimensión histórica y social.
La esperanza es la otra cara del amor, porque el que ama sinceramente a un ser espera de él lo imprevisible. Sólo el que espera verdaderamente puede celebrar porque entonces la vida se ha convertido en historia llena de sentido.

Sólo los que esperan podrán dar con lo inesperado. Pero sólo los que oran sinceramente darán con la esperanza, ya que la plegaria es la mejor intérprete de la esperanza, porque la esperanza y la plegaria convergen en la misma zona de la luz.

Vemos entonces como el mensaje franciscano trata de colaborar con todos aquellos que creen en la capacidad creadora de las personas para la construcción de un futuro más humano, fraterno, cordial y lúdico. El espíritu de Francisco se presenta como ortopedia de los espíritus fracturados por el pesimismo, la desilusión y la tristeza. Francisco aún puede aportar a nuestro mundo y a nuestra sociedad un nuevo humanismo de la cordialidad, amabilidad y simpatía para construir la gran fraternidad que aún necesitamos.

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